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Estaba a gusto quizás porque no lo veía, estuvo escondido durante toda la vida y a rienda suelta salía para momentos especiales, aún así era parte de mí.
Se escondía tras la bruma, en silencio y camuflado. De manera injusta deseaba romper la calma por codicia de su reprimida condición de recluso, no gustaba del sol, ni de las actitudes normales de la normalidad, no sentía penas ni remordimientos, su elixir escondía su cruda realidad.
Moldeaba esperanzas con la viruta de sus impulsos, creía en la libertad condicional y prendía sus momentos, para no sentir el invierno. Estaba en el camino equivocado (pocos son capaces de reconocerlo). Escarbaba en su pasado el motivo más preciado.
Con el peso del remordimiento vivía tras la derrota -fue fugaz-, sus instantes se prensaban en la pared de los recuerdos, sentía culpa traicionera de su libertad condicionada, respetaba la calamidad y era buen consejero, quebró toda esperanza con el impacto de sus movimientos.
Era un feto horrendo dentro de mi, llevaba en si mismo una etiqueta de frialdad. Nunca quiso nacer por temor a verse sumergido en la puta vida y ahogarse en los estándares más caóticos del mundo: el tiempo. Su efervescencia ubicua reflejó su gestación.
Quien alimenta a las ratas, las conserva. Pretendía pasar desapercibido en el caos, y sin ansias de protagonismo volátil, mostraba su rostro más amable a su cotidianidad. Creía en la justicia y jugaba a desafiarme. Solo yo podía saber que hacia parte de mi.
Dentro de mi embriaguez creció, reveló su lado más oscuro, el grácil cuerpo se desvaneció por la fuerza de sus reactivos instantes. Olvidó la calma, sonrió a su buena suerte, evocó sus rudos movimientos, el presente le perseguía como gato a roedor.
Si la paciencia hubiese nacido fuerte y sin defectos, antes que su hermana de impulsos feroces, habría reinventado el rumbo, vería el mundo como espectador (no como protagonista), sería formulador de amores ideales y el perfecto conciliador.